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Testimonio:
Nieves Rodríguez Herrero.
Nos presentaron oficialmente el 1 de julio de
1979. Hasta ese momento había estado conmigo en calidad de acompañante
molesta que no ha sido invitada y ni siquiera presentada, arrebatándome
la fuerza de las manos y de las piernas y amargándome uno de los
momentos más felices de mi vida, o al menos el que debería haberlo sido
de no ser por su visita inesperada.
Al poco de nacer mi hijo, en esos momentos en
que cualquier madre irradia felicidad por todos sus poros yo empecé a
sentirme cansada y triste, profundamente triste sin motivo aparente,
preocupada y siempre agobiada ante la posibilidad de que le sucediera
algo y siempre temerosa de no hacer las cosas bien.
La gente que de todo sabe, y la que no sabe,
pero que opina igualmente me decía que eso eran cosas de la depresión,
que pasaría con el tiempo y que no fuera tan nerviosa y tan exagerada.
Ahora se que con esa tristeza quizá le abrí la puerta de par en par a
esa oportunista y le deje el camino libre para que hiciera con mi vida
lo que ella quisiera. pero nadie supo verlo entonces, ni yo misma.
De la tristeza pasé a un cansancio extraño, a
un cansancio que a veces no me dejaba tener en brazos a mi niño porque
tenia miedo de que la falta de fuerza le hiciera caer, o por miedo a que
la flojedad de las piernas me hiciera caer a mi arrastrándole a el. No
me sirvieron de nada las visitas a distintos especialistas o incluso
alguna vez a las urgencias de un hospital, cuando explicaba lo de las
manos me miraban como si fuera una mamá histérica que solo quiere llamar
la atención y que necesita urgentemente una ración de valiun, cosa que
me recetaban y que yo guardaba en un cajón sin tomar porque sabia que se
equivocaban, que no era cuestión de nervios, que realmente algo me
pasaba. Por fin un neurólogo me escuchó y tras algunas pruebas tremendas
le puso nombre y apellido a lo que me pasaba.
La mañana que fui a recoger los resultados
tenía tanto miedo y estaba tan nerviosa que apenas podía caminar. Entré
en el despacho con la misma sensación que deben tener los reos cuando
esperan del juez su sentencia de muerte. Recuerdo la consulta, entraba
mucho el sol y había una planta con flores en la mesa del medico y
pensé que era un lugar demasiado alegre para la terrible noticia que me
iban a dar, porque yo había imaginado en mi cabeza las peores
enfermedades invalidantes y estaba convencida de que tenia la peor de
todas. El medico me miro y debió de verme tan angustiada que me dijo
“tranquila Nieves, ha tenido usted suerte, lo único que tiene es
miastenia gravis”
No se como pude escucharle con el corazón
latiéndome de esa forma, pero lo hice; aislé las palabras y me quedé
con las que realmente quería escuchar. Ha tenido usted
suerte.
A mi eso de gravis me sonó terrible, me sonó a grave
gravísimo, pero él, muy optimista me explico que era una enfermedad
crónica pero no degenerativa, que tenia tratamientos e incluso una
operación que me podía ayudar mucho y que no tenia que preocuparme, que
no me iba a morir ni a quedar paralítica como yo pensaba. Me receto unas
pastillas de mestinon y me pidió que volviera en tres meses para un
control rutinario. Así que me aferre a la palabra “suerte” y salí de
allí pensando que la condena al fin y al cabo solo había sido a cadena
perpetua.
Consulte en unos diccionarios lo que era la
miastenia gravis y la verdad no me parecía haber tenido tanta suerte
porque lo que leía no me gustaba nada, pero decidí que todas esas
consultas no hacían mas que asustarme mas, así que blindé mi cabeza a
cualquier información sobre la miastenia y decidí vivir dándole la
espalda. Este blindaje a veces se resquebrajaba cuando leía en alguna
revista que algún que otro famoso había muerto precisamente de esa
enfermedad, pero como el mestinon me hacia el efecto deseado y me
encontraba bien seguí con mi vida intentando olvidarme de ella.
Tan bien me sentí que empecé a rebajarme la
dosis de pastillas por mi cuenta hasta que un día deje de tomarlas y mi
cuerpo no se resintió. La fuerza había vuelto a mi tal y como se había
marchado. Acudía a las revisiones, que cada vez se espaciaban más en el
tiempo y después me olvidaba de nuevo de la enfermedad hasta la
siguiente consulta. Un día, a los tres años de empezar las consultas
decidí que no iría a la próxima. Pensé que si la miastenia había
decidido dejarme lo mejor era facilitarle el camino, así que, a enemigo
que huye puente de plata, y me olvide oficialmente de ella. Digo
oficialmente porque en un lugar secreto de mi cabeza se quedó guardado
su nombre porque yo sabia que algún día, mas tarde o mas temprano
volvería.
Durante trece años ni por un solo momento me
dio muestras de su presencia, y eso que yo no le tuve ningún respeto, no
hice nada por llevar una vida tranquila.. Crié a mi hijo, subí, baje,
hice deporte, bailé y viví una vida normal y activa y sobre todo, fui
muy muy feliz sin acordarme de ella.
En la Navidad del año 2003, en la cena de mi
empresa, cuando mejor me lo estaba pasando y mas a gusto bailaba con mis
compañeros de trabajo, al subir los brazos para bailar noté que apenas
tenia fuerza en ellos. Lo achaqué al cansancio, a que había bebido o
simplemente a que era muy tarde, lo hubiera achacado a cualquier cosa,
le hubiera echado la culpa a quien fuera, todo menos a aceptar que tal
vez pudiera ser que la tregua se había terminado.
A partir de ese día empecé a notar cosas que
hasta entonces no había sentido. Mi parpado derecho estaba más caído de
lo normal; tenía que descansar cuando tecleaba en el ordenador porque
mis dedos se agarrotaban y se quedaban lacios sobre las teclas. Un día
dictando unos nombres a mi compañera me di cuenta de que no era capaz de
pronunciar algunas letras y aunque disimulaba todo lo que podía los
síntomas empezaron a hacerse evidentes entre mi familia y mis amigos.
Decidí ocultarles lo que me pasaba pensando que
se me pasaría como lo había hecho en la otra ocasión, yo me decía que si
uno no hace caso de las cosas, estas terminan por no pasar.
Se puede engañar a los demás, o al menos
intentarlo, pero, ¿ como se engaña uno a si mismo? ¿Cómo podía negarme
a mi misma que cada día estaba peor y que ya no podía ocultarlo por
mucho tiempo?. Era imposible ignorar el hecho de que había vuelto, y de
que había vuelto dispuesta a enseñarme su cara más fea, dispuesta a
hacerme pagar los años que había sido benévola conmigo, a enseñarme que
cuando ella quiere puede ser devastadora y que si se va es porque
quiere, lo mismo que cuando vuelve.
Volví al médico a escondidas de mi familia,
solo con la complicidad de mi marido al que obligué a prometer que no le
contaría a nadie lo que me pasaba, me receto corticoides muy a su pesar
y yo pensé que eso sería la solución a mis problemas. Yo continué
intentando hacer una vida normal, una vida que cada día se convertía en
un pequeño infierno porque apareció la visión doble y mi voz se volvió
tan gangosa que aún no se como pude terminar mis jornadas de trabajo.
Por las mañanas aún podía llevarlo mejor, me levantaba con algo de
fuerza y me marchaba a trabajar con la esperanza de terminar la jornada,
pero la hora de camino hacia mi trabajo a veces era suficiente para
agotarme, y llegaba ya si apenas fuerzas para afrontar el día. Como
apenas podía articular diez palabras seguidas sin que mi voz sonara
gangosa empecé a hablar con monosílabos y dejé de participar en las
conversaciones y en los desayunos colectivos con mis compañeros , puesto
que tragar se estaba convirtiendo también mas en un acto de fe que en un
hecho normal de la vida.
Dejé de llamar por teléfono y me acostumbre a
no cogerlo cuando me llamaban. Me convertí en una maestra de la mentira
y de la excusa para no acudir a reuniones familiares. Dejé de quedar con
mis amigas; me bajaba del vagón del metro si montaba alguien a quien
conocía, no abría la puerta de casa a nadie y lo mas duro de todo, dejé
de sonreír puesto que la crueldad de la miastenia llega al punto de
quitarte tu sonrisa y la expresión de tu cara, lo que hace que siempre
parezcas una desagradecida o una amargada ante cualquier cumplido. En
resumen, dejé de ser yo para convertirme en una persona triste y huidiza
que solo encontraba tranquilidad cuando estaba sola.
Yo seguía confiando en que la nueva medicación
me haría el efecto deseado y todo eso pasaría enseguida, pero no conté
con que al medico se le había olvidado comentarme que esa medicación
tarda en hacer efecto, y cada día despertaba con la esperanza de que
fuera ese día el primero en que me encontraría mejor. Empecé a
desesperar, las fuerzas ya no me acompañaban ni en mis actos más
cotidianos, lavarme los dientes o simplemente dar un beso a mi hijo,
esas cosas fáciles y mecánicas que todos hacemos cada día sin pensar en
lo difíciles que pueden ser para algunas personas.
Cogí un resfriado muy grande, un resfriado que
yo aproveche para disfrazar mi voz gangosa y mis pocas ganas de vida
social, así que pensé que había sido providencial, pero lo que yo no
sabia era que ese resfriado iba a marcar el principio del fin.
Una noche me desperté sin apenas poder respirar
y comprendí que ya no podía esperar más, que tenía que pedir ayuda
urgente. Me llevaron al hospital y por el camino pensé que nunca
llegaría, Cada intento de meter aire en mi cuerpo era un acto
desesperado y casi inútil. Mi cuerpo se había agotado del todo y pensé
que ella al final había vencido.
Me ingresaron inmediatamente en la UCI. No voy a
contar todo lo que pasé allí, sería regodearme en la desgracia y en lo
morboso, pero en esos días puedo decir que bajé a los infiernos y que
las palabras intubación, sonda nasogástrica, y gravedad se convirtieron
en mi pan de cada día. Vi de cara la gran suerte que había tenido con
tener miastenia gravis, menuda suerte, una suerte que yo jamás
desearé ni a mi peor enemigo.
Poco a poco la gravedad inicial fue
disminuyendo y a los cuatro días me sacaron de la UCI y me subieron a la
habitación. Allí no fue mucho mejor, empezaron las visitas ya todo el
mundo supo lo que me pasaba y en cierto modo eso representó una pequeña
liberación para mi. Pero como en todas las enfermedades raras, nadie
sabe de que va pero todo el mundo tiene algún consejo que dar y sabe
exactamente lo que tienes que hacer, y uno tiene que aguantar allí sin
poder hablar, sin poder sonreír y sin siquiera poder opinar.
Me quedé sin apenas fuerzas, caminar por el
pasillo del hospital era una verdadera aventura y mantener la
compostura ante las visitas requería dosis de valentía y paciencia.
Aunque el peor momento del día era el de la comida, cuando escuchaba a
lo lejos en el pasillo las ruedas de los carritos que la traían no podía
evitar las lágrimas porque cualquier intento de tragar era un verdadero
acto de faquirismo y mi propia saliva se convertía en una larga espada.
Salí del hospital mes y medio después,
recuperada pero con mis fuerzas totalmente mermadas. Mis fuerzas físicas
mermadas y mi fuerza interior totalmente destruida.
La vuelta a casa fue muy dura porque la fuerza
de mi cuerpo no estaba en consonancia con la fuerza que quería mi cabeza
y yo me obsesionaba con hacer cosas que me dejaban extenuada y muy
desesperada. A fuerza de decepciones y de intentos frustrados por hacer
una “vida normal” llegue a la conclusión de que para hacer frente a la
miastenia, para intentar al menos plantarle cara lo primero que tenia
que tener era paciencia, una gran dosis de paciencia, y sobre todo,
debía “aceptar” lo que me estaba pasando.
Por primera vez en muchos años me senté frente
al ordenador y teclee la odiada y temida palabra en la barra del
buscador, y eso, ha sido una de las mejores cosas que he hecho desde que
tengo esta enfermedad. Me informé sobre los avances y las medicinas, y
eso me ayudo a comprender mejor lo que me estaba sucediendo. Me di
cuenta de lo ciega que había estado y del daño que me había hecho al
negarme a mi misma esa información, comprendí que para luchar contra
algo primero hay que conocerlo para poder atacarlo con sus mismas armas.
Conocí también la asociación española de
miastenia, y con ellos se me abrió un mundo, ya no era yo sola la
pobrecita que tenía miastenia y que sufría en silencio , vi. que había
muchas personas como yo, y que estaban mejor o peor, pero que cada día
se levantaban intentando plantarle cara a la enfermedad. Cambie de
medico y también de medicaciones y sobre todo cambié de actitud frente a
mi suerte.
Han pasado un par de años y muchas cosas desde
que salí del hospital. Ya no he vuelto a trabajar, y aunque eso en su
momento me causo un tremendo dolor, he conseguido que pase a un segundo
plano y que eso no sea un motivo de llanto en mi vida. La medicación me
está ayudando a tener nuevamente fuerza en mis músculos, pero soy
consciente de que está atacando a otras partes de mi cuerpo. Ha cambiado
mi fisonomía, y aún me cuesta aceptar a esa persona que se asoma cada
mañana al espejo y que poco o nada tiene que ver con la persona que yo
era. La vida normal que yo tanto deseaba ha sido sustituida por una
“vida normal” que yo he creado a mi medida, y en la que ir sola a por el
pan o coger el autobús es un gran logro y un gran motivo de
satisfacción.
Creo que estoy aprendiendo a convivir con mi
molesta acompañante, a la que se que jamás me acostumbraré, pero con la
que intentare convivir pacíficamente. Se que aún me queda mucho camino
por recorrer, que cada día es un reto, y que unos días estoy fuerte y
dispuesta a comerme el mundo y a la miastenia a la vez, y otros estoy
tan hundida que ni llorar puedo.
Pero se que yo soy una persona fuerte y que
tantas veces me caiga, las mismas me levantaré, sola, o con la ayuda de
mi familia y de la asociación y de tantas personas que en ella he
conocido y que me han demostrado que están y estarán siempre ahí.
Espero mejorar aún más, espero que el tiempo
sea nuestro aliado y se consigan avances para ayudarnos tanto en
medicinas como en otro tipo de tratamientos. Espero que nadie se tire
meses y meses peregrinando de médico en médico para poder encontrar un
diagnostico. Espero que se conozca esta enfermedad para que cuando digas
su nombre nadie ponga cara de asombro o incluso de un paso atrás por si
les pegas algo. Espero que la vida me depare otra cosa que lo que tengo
en este momento, y sobre todo espero que a nadie, nunca ningún medico le
diga que “ ha tenido suerte” por tener miastenia gravis.
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